Cada dos por tres, en La Dos, te ves dos, tres o mas veces
repetido el mismo documental. Antaño esta situación se producía en los veranos,
cuando baja el consumo general y se dan nuevos pases a las mejores historias ya
emitidas. Pero ahora, estas duplicidades se dan apenas de un día para otro, sin
duda para quemar el stock. Es cierto que hay una renovada demanda a favor del
genero, por su variedad de temas y enfoques. El documental ha ganado enteros
por la credibilidad que ofrecen sus contenidos y una aproximación visual al
mundo que nos rodea, que le ha convertido en una enciclopedia viva mucho mas
atractiva que los textos. El valor de los trabajos y la movilidad de la
audiencia piden que un contenido sea ofrecido mas de una vez. Pero el hecho de
tener acceso a los mismos contenidos en la red, hace que la programación deba
ser mas cuidadosa con este sobreabuso. Sin duda habrá una necesidad de abaratar
los costes de programación en esta época de recortes presupuestarios. Pero no debe degradarse el perfil de una
cadena a base de dar la impresión de emitir siempre lo mismo. Empezamos a
conocer de memoria cual fue la formula para levantar las pirámides. Otro común
denominador es que tales producciones son compras internacionales cuyo coste es
infinitamente inferior a las producciones propias. El problema es que lo
comprado solo genera relleno para la antena, mientras que la producción propia
permite sacar al tiempo un beneficio con las ventas. La formula de repetir la
programación la aplican las
cadenas temáticas, que dan hasta ocho vueltas al mismo programa en base a la
escasa audiencia, rentabilizando el producto y dando varias opciones a su
visionado. Repeticiones sí, pero bien estructuradas. Convertir una cadena en
abierro en un saco sin fondo, ni orden, no es lo mas apropiado, porque puede
inducir a la destrucción de una marca de calidad. Mejor buscar ahorros de otra
forma, como cerrar la emisión del canal infantil Clan de madrugada en lugar de
tirar al aire pases y pases de dibujos americanos cuando su audiencia debe
estar durmiendo.
La tierra tiembla con la virulencia de un terremoto y el horizonte refulge con una llamarada mas potente que el sol. Sientes ese estremecimiento al ver como se levanta un cohete en busca de los cielos concretos. Lo vi y sentí cuando la carrera espacial retomó sus bríos en los años ochenta con el lanzamiento del primer trasbordador espacial desde Cabo Cañaveral. La ilusión por el espacio había regresado y los atascos en las carreteras de Florida casi nos dejan sin poder hacer la retransmisión. Era casi el último escopetazo. Reagan forzó la máquina tecnológica, cayó el muro, y rusos y americanos terminaron compartiendo vuelos y estancias en una estación orbital.
Hubo un antes mas heroico; y el después actual en el que los minutos de televisión son caros de robar para meter un nuevo logro en la conquista del espacio. Antes los astronautas eran héroes, ahora empiezan a ser tan anónimos como los pilotos de líneas aéreas. Pero en un ejercicio de reconocimiento y nostalgia, esta semana el primero de todos ellos, el ruso Yuri Gagarin, ha vuelto a su minuto de gloria planetaria. Sobrevivió a un rudimentario cacharro que le sacó más allá de nuestra respirable atmósfera, y terminó sucumbiendo a un simple accidente de avión. Cuando el mundo se dividía en bloques por siglas, URSS vs USA, un hombre ruso fue el primero, con permiso de la también rusa perrita Laika en el Sputnik-2.
Los americanos reforzaron su inversión hasta colocar a otro hombre para escribir su nombre en las estrellas, John Glenn, el primero en orbitar tres veces la tierra y longevo senador después. Tom Wolfe nos dejó una reseña completa de aquel proyecto inicial americano para conseguir el primer vuelo tripulado en The right stuff (“Lo que hay que tener”), llevado posteriormente al cine. Pero sobre todo la competencia provocó el empeño kennediano de poner un hombre en la Luna. Grandes noches y momentos televisivos sin parangón. Un gran prólogo a nuestros días de borrachera tecnológica. La carrera espacial nos permitió las conexiones globales que ahora parecen triviales. Pero hubo un tiempo -tan lejano como hace 50 años- en que ser héroe en la Tierra subiendo al cielo era privilegio de un solo ángel de metal, visto y adorado al tiempo por la Tierra entera.







