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8.6.15

EL PARTIDO DE VUELTA (Sobre el negocio del futbol)


EL PARTIDO DE VUELTA
(Sobre el negocio del fútbol)


foto JMD

No ves de verdad un partido de futbol hasta que lo ves por televisión. Asistí como invitado VIP a la final de la Champions que el Barça ganó al Arsenal en el Campo de los Príncipes en Paris, tras haberse estrenado en la final previa de Estambul. El espectáculo desde la grada fue colosal. Pero concluido el encuentro, las medallas y las fiestas de los patrocinadores alrededor del estadio, la sorpresa me esperaba en el viaje de vuelta al hotel en un bus fletado por la organización. El autobús para los vips llevaba la pantalla de la tele encendida y trasmitía… ¡el partido¡
Al fin y al cabo estábamos invitados por la empresa que comercializaba los derechos televisivos y está era sin duda la guinda del pastel: ver por fin de cerca las jugadas y los goles que acabábamos de contemplar en vivo. Era un detallazo. Habían pasado la grabación del encuentro  a una cinta y allí estaba el partido reproducido en los autobuses que nos devolvían al hotel cinco estrellas. Nos iríamos a la cama soñando con el futbol en pantalla. No habían escatimado en nada, y este último destello de marketing redondeaba su operación dedicada al amor- y el negocio -por el futbol televisado.

Mas allá de la fanfarria y el colorido que rodea una final- con su música champions, su ceremonial, banderolas y hasta confeti -, los meros aficionados no ven toda la trastienda del acontecimiento. Es un gran espectáculo con una supreproducción a ojos vista y en la trastienda. Llegamos los vips encorbatados a las puertas del estadio para pasear por una alfombra roja hasta la zona interior reservada en la que nos esperaban vinos y champan, y los mejores manjares para una cena de gala antes del pitido de inicio. Autoridades y patrocinadores éramos agasajados, en esta como en otras finales con lo mejor de la cocina local o importada. Tambien viví la final celebrada en Estambul- Villar ya estaba allí! - donde todas las camareras eran extrañamente rubias para un país como Turquía. Salí del asombro cuando que me contaron que el catering y sus servidoras venían importadas desde Viena.  A mitad de partido, corría el champagne y como los italianos iban ganando a los ingleses la grada vip estaba medio vacía cuando empezó la segunda parte porque estábamos departiendo copa en la mano. Hasta que la masa gritó gol y nos apresuramos a seguir aquello que nos había convocado: el partido de fútbol que, dio un giro inesperado en el césped, y terminó ganando aquel Liverpool de Benitez.

Foto JMD


En la final hispano-catalana de París, tras la opípara cena, pasamos al palco central abarrotado de autoridades. Por enumerar: el rey y la reina, el presidente Zapatero y señora, su ministra del deporte, el director general del ramo, el President de la Generalitat (y también el ex president Pujol), el alcalde de Barcelona (y el ex Maragall), consejeros varios, y un etc. Una pléyade de autoridades, que cuando el pitido final dió por ganador al Barça desaparecieron como por ensalmo grada abajo,  para salir en la foto con los campeones. Del otro lado estaban los ingleses, huérfanos de autoridades. Allí no estaba ni la reina de Inglaterra, ni el primer Ministro, ni el Alcalde. Solo el presidente del club. Tan grafico el modo de utilizar o no un acontecimiento de este tipo para hacer política (o no) que sobran los comentarios. Pero no sobrarían los números. El coste para el presupuesto nacional y autonómico del viaje a la final de Champions, con sus aviones, hoteles, transportes de tierra, seguridad y varios colocaba la operación en el capitulo de dispendios. Será por aquello de que el futbol (el de Champions o el de selecciones) es mucho mas que futbol. Será que estar cerca de los galácticos coloca en orbita también a los políticos. Será en definitiva que los mandatarios por mor de la representatividad se apuntan a los grandes festejos, con alfombra roja, cena y copas y además partidito. Será en definitiva que, tantos ellos como yo- que representaba la televisión con derechos para emitir esa final y los partidos de esa Champions  -eramos participe de la orgia de dinero que se movia y se mueve para seguir manteniendo en la cúspide al deporte rey.

Ahora que la FIFA esta en la picota, al desvelarse las mordidas sobre la venta de derechos televisivos y de marketing, merece la pena fijarse en el modelo establecido desde hace ya unas décadas para que las televisiones paguen estas fiestas, con el beneplácito en general de los gobiernos que las regulan. Hubo un tiempo en que los grandes acontecimientos deportivos se emitían por las únicas cadenas existentes en el continentes ( y en casi todo el mundo) que eran las televisiones públicas. Asociadas en la Unión Europea de radiotelevisión, la UER/EBU, cada televisión/país miembros pagaba y paga una cuota relativa a su numero de habitantes y de mercado televisivo. Y cuando llegaban los grandes eventos (Olimpiadas, Mundiales de lo que sea o el festival de Eurovisión), se repartía proporcionalmente el coste adicional.

Cuando el mercado televisivo empezó a privatizarse con la aparición de nuevas cadenas, el modelo de reparto de derechos cambio sustancialmente. Había nuevos compradores, y de inmediato nacieron los intermediarios: las empresas de derechos y marketing a las que la FIFA; UEFA o la organización correspondiente les cedía la comercialización de los derechos televisivos, así como la utilización de los espacios publicitarios. Estas a su vez se los ofrecían a las cadenas de televisión en un sistema falto de toda transparencia mediante pujas secretas que solo controlaba la empresa que comercializaba. El incremento de los precios no se hizo esperar, y el valor del futbol subió como la espuma.

Saben bien las cadenas de televisión que derechos como los de la Champions son imposibles de rentabilizar monetariamente. Otra cosa es el prestigio que da emitir la Champions y el plus de audiencia para el computo general de la cadena. Pero las casi dos horas de emisión- sin anuncios –al precio desorbitado que han alcanzado los derechos re llevan a rojo la cuenta de resultados de esa emisión.

Aun así, no hay programación que las supere. Y año tras año, el producto se vende con incrementos sustanciales en la factura. Los compradores asistirán satisfechos al espectáculo en vivo, se codearan con políticos y empresarios y pisaran alfombra roja en Berlín, París o Estambul. Todos bien agasajados para seguir colaborando en la burbuja del futbol, que ellos mismos ayudan a hinchar. Así es la fastuosa trastienda de un negocio que ahora los norteamericanos han osado cuestionar, mientras los europeos seguían en la fiesta del futbol con champán.

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