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20.6.13

EL OLOR DE LAS MANZANAS VERDES. Relato


EL OLOR DE LAS MANZANAS VERDES
Javier Martín-Domínguez


No me lo descubrió nadie. Fue un pensamiento que llegó con la edad. De repente me di cuenta de que los que yo tenía como los recuerdos mas antiguos de mi infancia, recuerdos claros, con sensaciones incluso físicas, no eran verdad. Desde siempre, ese siempre infinito que se hunde en el principio de tus tiempos cerebrales, había tenido como mi primer recuerdo y mi primera sensación de vida, los golpes que se daba mi cabeza contra una caja- de cartón o de madera, eso no era tan claro –que estaba sujeta al trasportín de una bicicleta. Yo no tuve cigüeña, vine al mundo en bici metido en una caja. Así lo creí durante años. De la misma manera lo olvide, y lo volví a recordar, dándome cuenta de que era inverosímil. Una lógica elemental me obligó no solo a dudarlo, sino a descartarlo de mi currículum vital.





Por el mismo razonamiento he llegado a descartar que pudiera recordar un olor desde antes de cumplir un año acostado en la cuna en la habitación de mis padres. Ni mis hijos recuerdan lo que le pasó incluso con unos años mas de vida. Así que debería descartar que yo supiese con solo unos meses lo que era el olor a manzana. Mi padre era un obseso de las manzanas reinetas, que las encargaba por banastas y que depositaba en el sobrado para hacerlas madurar. Luego las esparcían por el suelo de la sala de juegos, hasta que las mas tiernas llegaban al frutero del salón.  Debió haber manzanas reinetas encima del armario del dormitorio de mis padres cuando yo era solo un bebe, y su aroma ha inundado mi nariz desde entonces. Si de verdad no llegué al mundo en una caja, al menos puedo identificarme con el bocado de Adán. Lo paradójico es sentirse uno extraño de si mismo, con estas memorias implantadas. Como en aquel querido verso de “voy a soñar un sueño por ti esta noche”, te despiertas un día en tu madurez con una parte de tu memoria infantil soñada para ti por quien sabe quien.
Miramos en el espejo retrovisor de la infancia cuado ya es imposible recuperar sus perfiles completos, y los edulcorados con un halo de nostalgia. Puede que hasta nos la reinventemos a base de recrearnos en su alegría o en su dolor.  Hasta la larga cicatriz  que me rasgo el muslo, obra de un descuido y una púa de alambre, ha terminado con los años absorbida por estas células que no paran de crecer. Ni lo mas real puede quedar acreditado. Pero mas allá de cada hecho concreto, lo que si es permanece es la atmósfera del tiempo que fue de felicidad o de los momentos de represión familiar o escolar.
A la espalda de mi escuela de infancia, al otro lado de los grandes  mapas de colores, había unos renglones casi perfectos de tierra que el señor Félix y sus bueyes habían abierto con un vetusto arado romano. Debían acabar en el aserradero de madera. Pero vistos desde la escuela parecían infinitos. Sería por eso que no nos interesaban para nada. Cuando estaba bien entrada la primavera, los surcos habían desaparecido, poblados por un trigo verde y alto, mas alto que cualquiera de nosotros. Era entonces cuando la espalda de la escuela volvía a ser nuestra selva de juegos. Nos escondíamos entre las hileras del sembrado, tirábamos de las espigas tiernas para comer los tallos  y acabábamos empujándonos y cayendo sobre aquel colchón verde surgido del páramo. Cuando vimos al señor Félix  hablando con la maestra en el frontal de la escuela, no necesitábamos oír ninguna palabra para saber la que se avecinaba. Desde ese momento, pasar el recreo en la espalda de la escuela era una opción vedada. 

Cuando ya apretaba el calor, y la mies se volvía amarilla, nuestros ojos y nuestras manos se volvían hacia el mundo animal. La caza de lagartijas, que terminaba en el sádico ritual de cortarles la cola para ver si volvía a crecer, era el pasatiempo favorito. Entre los hierbajos secos veíamos saltar a unos seres diminutos, que iban creciendo de tamaño día a día.  Eran los saltamontes que preludiaban el verano y las vacaciones. Había que tener el ojo agudo y la mano presta para taponar su salto y atraparlos. Notabas el cosquilleo de su patas en la palma. Con mucho mimo hurgabas dentro del puño con el dedo de la otra mano y por fin los estirabas para desplegar aquella alas casi trasparentes, unas azuladas, otras rosáceas. Conseguí tantos que me sentía orgulloso al acumularlos en una bolsa de plástico. Cuando la maestra batió las palmas en el porche para anunciar la vuelta a clase, me entró la desazón. ¿Qué iba a hacer con mi botín?. Como los niños son incapaces de ocultar nada, entre los cuchicheos de mis amigos y mis miradas debajo del pupitre, la maestra terminó apoderándose de mi bolsa. Con la cara enrojecida, desfilé entre los pupitres, salí al patio y solté a los saltamontes. Aprendí que a lo seres vivos no se les puede encerrar y menos en una bolsa sin posibilidad de respirar. Hasta entonces lo único que teníamos prohibido era asaltar los nidos de los pájaros y coger sus huevos. Ese si era un gran pecado mortal. Y por encima de cualquier otro, tirarles los nidos a las golondrinas. En ese mundo incomprensible e inescrutable de los mayores, los pájaros estaban en lo sagrado y en cambio los peces eran un botín codiciado. Si no sabias cercar a una trucha, avanzando sigiloso por el agua y bordeando las piedras entre las que se escondía, eras objeto de risas burlonas. En aquella geografía real de mi infancia, los ríos estaban limpios, poblados por peces y cangrejos, y nos bañábamos desafiando las corrientes. Fue allí, entre saltos y chapuzones, en la poza junto al molino donde terminó mi infancia. No se si lo dijo Lucas o fue una ocurrencia de Toño, los mayores de la escuela. “La infancia se acaba cuando te enamoras”. Una vez sabido cual era el principio del fin, lo único que quería era dejar de ser niño.  En verano llegó una chica rubia para pasar sus vacaciones. Subía hasta la charca y vestía un bañador verde con una franja blanca. Yo solo tenía ojos para ella, y deje de lado los saltamontes y las ranas. El día se resumía en verla o estar cerca de ella. Se habían acabado los días de la infancia. Así lo creí entonces. La guapa niña rubia nunca volvió, y ya no sabría ni dibujar su cara. Pero nunca me ha  abandonado aquella sensación íntima y evanescente del olor penetrante a verdes manzanas.

Publicado en la revista INTRAMUROS. 2013

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