11.7.09

Muerte en sanfermines

Suena el despertador en esta semana de julio con un tintineo mezcla de ilusión y angustia para abrir los ojos a la carrera de San Fermín. Ante todos ustedes, en vivo y en directo, el mayor espectáculo del mundo: la carrera por la vida. Ningún otro acontecimiento, como no podría ser de otra manera, concita tanto interés en las retrasmisiones televisivas del año. Siempre un record de audiencia en España, amplificado a todo el mundo, que contempla estupefacto como la bravura de hombres y morlacos se pone a prueba sobre empedradas y estrechas calles de un circuito urbano.
Por unos días el baile ante las astas del bicho deja de ser una cuestión privativa del torero especialista. En el encierro somos todos, es un cualquiera, el que juega su partida con la vida y la muerte sin razón alguna, excepto la de querer probar fortuna con el calendario fijado para nuestras vidas por los dioses.
En solo tres minutos pasará por delante de nuestros ojos la metáfora de la lucha por la vida. Los codazos por encontrar hueco, el enemigo implacable, el objetivo a conseguir con la vista hacia delante, la ilusión y el miedo a partes iguales. Todo, como en la vida, contemplado por un ojo omnipotente, el de las cámaras, que además este año tienen detrás a un director privilegiado como Bigas Luna para amplificar el rito y llevarlo hasta los confines de China.
Como cada mañana, la carrera va. Para el corredor en espera la tensión creciente se amortigua a base de saltitos con el periódico en la mano zumbando al aire. Es tal la adrenalina que no se puede esperar mas a que rompa el cohete y anuncie la salida. El estomago se ha subido casi a la boca, y la mente duda en salir despavorido hacia delante o auparse a las tablas y acabar con tanta zozobra. Así al menos lo he sentido yo en mis dos carreras de sanfermines, en las que el deseo por la acción siempre pudo al miedo. Y sabes que es una locura. Pero la experiencia de vivir y vivirlo puede mas. El toro está a punto de llegar.
Visto por la tele, tú-el espectador corres con todos. Te agobia mas que a los del callejón la cantidad de mozos que tapan la calle. Y solo esperas que esto acabe y llegue el parte final de esta guerra con un esperanzador “solo contusionados sin gravedad, que se recuperan satisfactoriamente”. Pero hoy esta verdad edulcorada va a cambiar sus tornas. Hoy la carrera ha sido áspera y confusa. El toro ha encontrado sangre en la vereda. Ese chico que ha caído no se mueve. Se hará el muerto para que pase el tropel como mandan los cánones profesionales.
Los mozos ya están en la plaza, la televisión muestra un ruedo de improvisados toreros sin luces y a los toros dando los últimos cabezazos antes de entrar en toriles. Y ahí aparece de nuevo un signo de tragedia, con un asta alargada y picuda teñida en rojo sangre. Hay alguien empitonado. Y tú, que te tientas la ropa o te restriegas los ojos y te ves libre de heridas, empiezas de todos modos a sentir el dolor. Porque nos lo dijo papa Hemingway, “no preguntes por quien lloran las campanas, lloran por ti”, que eres parte de esa humanidad que corre por la vida, y no eres una isla en ti mismo, sino parte de la carrera en las que estamos todos. Descanse en paz Daniel Jimeno, que nos ha dado la ilusión de la lucha y nos han demostrado que la vida no es mas que una carrera esquivando la fecha de la muerte.

1 comentario:

Javier Domínguez dijo...

Buen texto que nos vuelve a poner los pelos de punta a quienes vivimos esta fiesta. Un saludo, casi tocayo.

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