7.7.26

San Fermin 26. Hemingway siempre vuelve

 HEMINGWAY Y EL CAMINO DE LA GLORIA.- Primera semana de julio. Alerta mundial. Llegan los Sanfermines. Esté donde esté- quizá a 7.118,60 kilómetros en Iowa -su pregonero mundial, papá Hemingway, siempre vuelve. El rito de la carrera entre el amor y la muerte ni se puede obviar, ni olvidar, ni cambiar. No hay quien se resista a madrugar un 7 de julio y enfrentarse a la carrera de la vida. Ni San Fermín, ni su patrón laico nos dejan abandonados. 


El drama es afilado y escueto. Como el verbo del Nobel. Cuando se reúnen todos los ingredientes de un buen guion: lucha de contrarios, acción progresiva y torrente de emociones, la atracción del espectador se alcanzará de forma infalible. Pongamos a los protagonistas entre la vida y la muerte, con un tiempo tasado y un escenario de road movie, con principio y fin. Y si la historia está condensada en una secuencia imparable de apenas tres minutos, se garantiza que será vista, una y otra vez, día tras día, año tras año, porque crea adicción.

Así ha sido, es y será la retransmisión de los encierros de San Fermín que reúne ante el televisor a una legión de devotos tan apiñada como la de los mozos en el callejón. En la liga del zapping mundial, la secuencia reina, pasada en cada una de las televisiones del globo y en cada ventana de YouTube, es la que protagonizan los morlacos y los hombres de blanco y rojo por Estafeta bajo el ojo atento de las cámaras, que pocas veces tienen a tiro fijo un espectáculo tan breve como intenso.

Solo un acontecimiento peninsular tiene hueco seguro en las agendas televisivas del planeta, marcando a todo un país con las etiquetas de “fiesta”, “toro”, “locura” … Improvisadores de ilusiones, que decía Ciaran de los españoles, dispuestos a jugársela en unos minutos, para entrar en la lista de los que presumen de haber corrido la milla más peligrosa con prueba documental trasmitida a cada cofín. Y en el callejón los que protagonizan el selfie más desafiante del planeta.

La mejor emisión se ofrece despojada de todo aditamento y de cualquier narración. La historia por sí misma. Está pasando, lo están viendo…y sintiendo. Después llegará el comentario, el zoom, la doble pantalla, la cámara lenta, la ampliación digital…. para ir desgranando cada detalle, estirando los tres minutos del drama a toda una hora para descubrir momentos de riesgos ocultos por la prisa. Los milagros sanfermineros detallados por la cámara. Servir el drama en directo marca el apogeo de la televisión. Siempre un récord de audiencia en España, amplificado a todo el mundo, que contempla estupefacto como la bravura de hombres y morlacos se pone a prueba sobre empedradas y estrechas calles de un circuito urbano.

Por unos días el baile ante las astas del bicho deja de ser una cuestión privativa del torero especialista. En el encierro somos todos -es un cualquiera- el que juega su partida con la vida y la muerte sin razón alguna, excepto la de querer probar fortuna con el calendario fijado para nuestras vidas por los dioses. En solo tres minutos pasará por delante de nuestros ojos la metáfora de la lucha por la vida. Los codazos por encontrar hueco, el enemigo implacable, el objetivo a conseguir con la vista hacia delante, la ilusión y el miedo a partes iguales. Todo contemplado por un ojo omnipotente, el de las cámaras.

Como cada mañana, la carrera va. Para el corredor en espera la tensión creciente se amortigua a base de saltitos con el periódico en la mano zumbando al aire. Es tal la adrenalina que no se puede esperar más a que rompa el cohete y anuncie la salida. El estómago se ha subido casi a la boca, y la mente duda en si obligarte a salir despavorido hacia delante o auparte a las tablas y acabar con tanta zozobra. Así al menos lo he sentido yo en mis carreras de Sanfermines, en las que el deseo por la acción siempre pudo al miedo. Y sabes que es una locura. Pero la experiencia de vivir y vivirlo puede más. El toro está a punto de llegar.

Visto por televisión, tú-el espectador corres con todos. Te agobia más que a los del callejón la cantidad de mozos que tapan la calle. Y solo esperas que esto acabe y llegue el parte final de esta guerra con un esperanzador “solo contusionados sin gravedad, que se recuperan satisfactoriamente”. Pero hoy esta verdad edulcorada va a cambiar sus tornas. Hoy la carrera ha sido áspera y confusa. El toro ha encontrado sangre en la vereda. Ese chico que ha caído no se mueve. Se hará el muerto para que pase el tropel como mandan los cánones profesionales.

Los mozos ya están en la plaza, la televisión muestra un ruedo de improvisados toreros sin luces y a los toros dando los últimos cabezazos antes de entrar en toriles. Y ahí aparece de nuevo un signo de tragedia, con un asta alargada y picuda teñida en rojo sangre. Hay alguien empitonado. Y tú, que te tientas la ropa o te restriegas los ojos y te ves libre de heridas, empiezas de todos modos a sentir el dolor. Porque nos lo dijo papá Hemingway, “no preguntes por quién lloran las campanas, lloran por ti”, que eres parte de esa humanidad que corre por la vida, y no eres una isla en ti mismo, sino parte de la carrera en las que estamos todos. 

Ni local, ni nacional, la fiesta es patrimonio del mundo entero. Y de cada uno que la vive en directo. Ahora es la televisión, y más aún, internet, quienes propagan el escalofrío de la carrera de Sanfermines a los cuatro confines. En la era Gutenberg, su apóstol mayor fue Ernesto Hemingway. Peculiar carrera la de don Ernesto. Héroe periodístico para los republicanos en la Guerra Civil, volvió para ser coronado como adalid del toreo. Hoy quizá fuese declarado persona non grata por los animalistas. Pero en definitiva ha quedado como embajador perenne de un espectáculo sin igual, en el que la vida y la muerte corren en paralelo, cortejadas por mozos anónimos con la misma camiseta e idéntico pañuelo.

Amigos peligrosos

Se esfuerzan ahora las cámaras en buscar el primer plano cuando el morlaco roza el muslo. Pero el mérito está en el conjunto, en la carrera de todos, mozos y toros revueltos, amigos o enemigos peligrosos de tres minutos de vuelo. Quien haya estado dando botes de miedo en Estafeta hasta que empieza la carrera, entenderá que se culpe al amigo que te llevó a tal extremo del mejor y el peor momento de tu vida. Se va de la angustia al éxtasis-de-haberlo-hecho en menos de tres minutos. Un borbotón de adrenalina. Eso no sale por la televisión. Los culpables de haber bebido del cáliz de la mayor adrenalina fueron en mi caso Josechu Sanz y Fernando Erviti, que me condujeron al callejón de la tortura para salir ileso y feliz. Y el gran incitador Manu Leguineche, que alentó el bautizo sanferminero y fue generoso para compartir la aventura que él adoraba por las calles de Pamplona. Amistad y riesgo.  Como le pasó a Hemingway y testifican sus 'amigos peligrosos'. Recuerdo ese título de las memorias de su compañero más cercano de correrías en España, el guionista americano Peter Viertel ('La reina de África'), que acabó sus días en Marbella, junto a Deborah Kerr. “Me di cuenta, con cierta alarma, que a medida que madurábamos había un rasgo destructor en su carácter”.

Quizá Ernest debió seguir metido en esta carrera anual, llena de todo sentido y de ninguno, para estar apegado a la vida. Para vivificarse en el rito y fortalecerse en el esfuerzo. Eso es lo que nos da la carrera; y solo lo verá uno desde dentro si tiene la suerte de tener unos 'amigos peligrosos' que te cuenten el secreto. Aunque visto desde el hoy parece una locura, me enorgullece contarlo porque la suerte de superar el riesgo es como un empujón para seguir viviendo y tentando otras suertes. Hemingway no se dejó atrapar por el toro en Estafeta. Decidido por él mismo, que eran mucho su ego y su estatura. El fijo su propia cita con la muerte, desde de la gloria y los desengaños. San Fermín fue quien le abrió reamente la puerta grande la gloria con su primera novela ‘Fiesta/The sun also rises’. Cerró el ciclo literario entre la melancolía y el amor de senectud por otras calles estrechas y empedradas como las de Venecia. Allí escribió su testamento literario. Otro paseo entre el amor y la muerte. ‘Across the river, into the trees’.  Como ‘Papá Hem’ no puede faltar a la cita de la primera semana de julio, ya se anuncia que vuelve. Ahora, en forma de película. De nuevo: lucha de contrarios, acción progresiva y torrente de emociones. El guion está servido. - J MARTIN-DOMÍNGUEZ

18.2.25

OSCAR MARINE, EL DISEÑO TOTAL.


    


 OSCAR MARINÉ es al diseño lo que María Callas a la ópera: la totalidad. Hoy desplegó sus juguetes en el Ateneo. Desde aquellos anuncios para vender camisetas pegados a mano, hasta fotolitos históricos, maquetas de revistas de MadridMeMata, carteles, cajas de zapatos, relojes y vodka… donde no ha puesto su firma Mariné? El diseñador total porque no es diseñador. O sí. Diseñador, grafista, tipógrafo, pintor…Un artista con mayúsculas! Design is everything. 


    







Ha sabido estar al servicio del cliente y crear su propia huella. De MadridmeMata a Matadero, todo es Mariné. Hasta el Todo sobre mi madre almodovariano. Este hijo de cineasta aprendió del padre a educar su ojo. Y ha sabido con su técnica y sus sueños poner cartelas hasta en  el cielo. Podía ser un chico de Nueva York, que también le mata. Pero Oscar es puro Madrid. Es decir, universal.

Javier Martin-Dominguez

16.2.25

50 AÑOS DE SATURDAY NIGHT LIVE



 50 AÑOS DE SATURDAY NIGHT LIVE:

 “YO SOY CHAVE CHASE, Y TU NO”




Parece poco comprensible que sea sábado noche en Nueva York y te quedes en casa. Pero ¿cómo ibas a perderte el capítulo semanal de Saturday Night Live? Solo después de unas buenas carcajadas gracias al único programa un poco inteligente de la televisión estadounidenses podías lanzarte a la incomparable noche neoyorquina. Se convirtió en habito, en necesidad; no de meses, ni de años. ¡Ha durado décadas! Y promete durar aún más.

Saturday Night Live ha cumplido los cincuenta. Mantener en antena un programa televisivo durante medio siglo es una proeza tal como culminar la escalada al Everest. Un imposible, que solo un grupo de increíbles cómicos, sagaces guionistas y un productor visionario y tenaz han podido conseguir.

SNL es una suma de sketches humorísticos, pero también había un hueco para las noticias desternillantes. Weekend update.  El presentador anunciaba una última hora. “This just in: Generalísimo Francisco Franco is still dead” “Franco todavía sigue muerto” Unos nacían y otro morían. El nacimiento de SNL fue precisamente en 1975, el año de la larga agonía y muerte del dictador. Por eso, el sketch dedicado a las noticias incluido en el formato de comedia recuperaba una semana si y otra también la incrédula noticia de que Franco seguía muriendo o seguía muerto. Era Chevy Chase el encargado de contarlo (“Yo soy Chevy Chase, y usted no”, era su carta de presentación)  bajo la mirada escéptica de sus compañera de mesa  Jane Curtin, o la cara alucinada de Gilda Radner, cuyo personaje de  Roseanne Roseannadana hacia del equívoco verbal el chiste de un editorial que  por ejemplo confundía a los sordos (deaf) con los muertos (death) “Para que vamos a seguir dedicando dinero a comprar aparatos para los muertos”   Cuando el presentador principal le hacía ver su error,  su respuesta era siempre aquel hilarante “Never mind” ( un déjalo estar). 



Y unas semanas después el noticiario de Chevy Chase insistía. “Generalísimo Francisco Franco esta críticamente muerto ya por once semanas, y los médicos rehúsan especular cuanto puede durar en su presente situación”.  Hubo chistes para Carter, para Reagan, Gorbachov, Dukakis… y sigue la lista de gloriosos damnificados.


SNL hizo muy muy grande a la pequeña pantalla. Bien lo saben sus desconocidos comediantes convertidos gracias al show en grandes estrellas de cine. De ahí salieron los Steve Martin, Bill Murray, John Belushi y Dan Aykroyd (alias The Blues Brothers), los citados Chevy Chase, Gilda Radner y Jane Curtin. Y les seguirían Eddy Murphy, el otro Belushi, Jim, Billy Cristal, Joe Piscopo, Joan Cusack, Martin Short, Robert Downey Jr. y muchos más por hablar aquí solo de las dos primeras dos décadas.

Hubo momentos memorables como los de la avispa. Aparecía Belushi y el resto con unas antenitas y embutidos con un traje a rayas negras y amarillas con pantis negros que ya les convertían en un hazmerreir. Tanto que Belushi llegó a odiar este número y se negaría a seguir interpretándolo. El alocado e imposible John Belushi, con su vida acelerada, sus baños turcos en el East Village, el del humor bestia y sarcástico, corrió tan deprisa en la escalera la fama, que acabó consigo mismo de una sobre dosis. Tal fue la dimensión del personaje en los acelerados ochentas que el reportero del Watergate, Bob Woodward, llegó a dedicarle todo un libro, Wired (Enganchado).

Otra caracterización de traca fue la de los coneheads (cabezas de cono), imitando a extraterrestres de serie a lo StarTrek. Hubo hasta un personaje icónico, Mr. Bill, una galleta de plastilina que sufría todo tipo de atropellos y vejaciones, rota en pedazos s para acabar el sketch con la frasecita de “Oh no, Mr. Bill” Pequeños detalles que daban un tono peculiar al F formato.

Tras una apertura con una situación actuada por el grupo, un invitado especial (quien no paso por SNL es que no estaba en el star system americano) o alguno de los comediantes pronunciaba la voz de alerta. “Live from New York, en vivo desde Nueva York, esto es Saturday Night Live”. También se incluía siempre una actuación musical relevante. Todos los importantes del mundo de la música querían pasar por allí, un gran honor y una inmejorable promoción.

 Quien encendió la bombilla del formato fue Lorne Michaels. Mezclar humor, un toque subversivo, música en vivo, unas notas de actualidad en los segmentos de comedia y también en el falso informativo, más un actor/invitado especial que actuaba con el grupo de comediantes estable y…. todo ello con una sola una semana para preparar otro programa tan complejo. Contra pronóstico, en la noche tonta del sábado, cuando la gente ha salido a cenar y divertirse, SNL se hizo un hueco en el competitivo mundo de la televisión comercial americana. El show perdura medio siglo después, y aquellos chicos de Chicago, Nueva York o Los Ángeles que querían hacerte reír desde la tele se hicieron estrellas de Hollywood que hoy conocemos en el mundo entero. ¿Verdad Bill Murray? 

JMD

                  

15.2.25

BARCELÖ SALTA AL RUEDO







Orgánico y lúdico, el último trabajo del pintor mallorquín está tan lleno de color como de valentía. Una explosión de colores en cada lienzo, con amarillos dominando el centro emulando al albero  taurino y con variaciones de azules, verdes, rojos que parecen salir de una paleta de un niño. Hay hasta siete variaciones de ruedos y corridas, en lienzos de distintos tamaños h hasta en cerámicas. 

Hay un desparpajo picassiano- simple y descarado - en la temática y la resolución de estos cuadros taurinos. Matéricos, con mucha pintura física en los lienzos, llenos de luz y de acción. Este Barceló emparenta con aquel de las paellas gigantes, el de siempre que ama el mundo del toro y el arte del toreo, del que viene su inspiración y al que rinde homenaje.  Aquí están la fuerza de la batalla y la belleza del rito. De la tierra al Mar. Siempre los elementos básicos. 


También nos regala mundos acuáticos, peces y pulpos que juegan por los lienzos o en los barros cerámicos pintados con gusto. Barceló brilla en su madurez jugando con sus fijaciones de infancia. Cuadros, acuarelas, cerámicas en la galería de Elvira González. Un paseo por los mundos de un pintor que vive en la tierra como si soñase con el cielo de su infancia. 

Javier Martin-Dominguez

11.2.25

CALLAS. EL TIEMPO DE LA MELANCOLIA.





 CALLAS. EL TIEMPO DE LA MELANCOLIA. - Se acerca el final y la melancolía se ancla en el corazón.  Sin la voz que la hacía gigantesca, sin lazos familiares que la arroparan y sin el amor que la hizo sentir una mujer plena, la diva desprovista de escenario busca en el rescoldo del pasado, tan añorado como denostado.  Asistimos al paseo por el jardín de los recuerdos de la más grande, de María Callas, y la encontramos altanera y triste. No ha perdido su don de mando, pero ya solo lo ejerce con su pareja de sirvientes, su familia postrera.  Esta María Callas, bien encarnada en Angelina Jolie, fastuosamente retratada por el maestro  Ed Lachmann, con unas frases de guion agudas y medidas firmadas por Steven Knight, está dirigida por un Pablo Larraín especializado ya en los biopics. Una película muy difícil de partida- como encarar a una diva, como evitar el tópico, como ir más allá de lo documental -, pero maravillosa en su resolución. Vivimos  las emociones  del personaje que en el tramo final de la vida- su última semana -se desnuda a pesar de su pretendido hieratismo, se confiesa sobre los deseos frustrados y se sienta a la mesa camilla casera para un juego de cartas, para una confesión ante los suyos: el chofer y la cocinera. La soledad final del que todo lo tuvo, éxito y tesoros, pero que añora las capacidades perdidas y el amor naufragado. Sus desplantes en los años de diva, su filtreo con los poderosos, las tensiones con sus padres van desgranándose ante nosotros como si nos dejasen entrar en la alcoba del mito para entender que también es humano. Culmina con esa escena de la Callas con un Onassis en el lecho de muerte: la conversación de enamorados que no pudieron consumar su felicidad, y la propuesta de una última cita de ensueño: sentarse juntos en dos sillas de lona en el puerto de  El Pireo, para que la eternidad no les prive de su sentimiento más verdadero.  JMD

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