25.7.26

Días de Tokio. Memorias de cuarenta años…


Distintos y distantes como parecen los japoneses, era recurrente, tras vivir allí un tiempo, que me preguntasen: “¿Y pudiste hacer amigos?”. Mi respuesta terminó siendo: “Sí, me he bañado en su misma bañera, hemos compartido la misma agua”.

No hay noche sin baño en la vida de un japonés. Proceso de higiene y, al tiempo, de purificación, sumergirse en el ofuro (bañera japonesa) marca el tránsito de un día a otro, convertido en un ritual cercano a la meditación. Al baño se entra limpio, tras un buen enjabonado en la ducha. Después, te sumerges un tiempo limitado en el agua hirviendo para depurar y relajar el cuerpo. También para trasmutar el alma.

En su película de aire zen, ‘Perfect Days’, Win Wenders nos adentra en los secretos de los retretes de Tokio. Pero lo que nunca vemos es el cuarto de baño de la casa del protagonista. Hirayama (un nombre tomado de las películas de Ozu) usa el agua para lavarse los dientes en la pila de la cocina; usa el agua para regar sus tiestos con un spray. No hay baño en la casa. Y eso obliga en la historia a que el protagonista deba visitar no solo los retretes que limpia tan meticulosamente, sino que haga su limpieza corporal en los baños públicos (sento).

Hay apartamentos tan minúsculos en la superpoblada y carísima Tokio, que no hay espacio para una bañera. Cuando aterricé en Japón para quedarme, mi anfitrión, el diseñador Masaru Hagiwara, vivía en un reducido espacio en el que mi maleta de viaje y mi futón se comían cada noche el salón-recepción-cocina. Vi apartamentos aún más pequeños en el centro de la ciudad. Casi para dormir en vertical. La cocina y el baño se caían por la ventana.

La vida empezó en el agua y ahí se regenera en Japón, día tras día, en el ofuro privado o en el sento público. Cuando descubres la función de las aguas en la vida cotidiana, entras de verdad en el secreto del modo de vida de los japoneses. 

Como buena cultura insular, la japonesa vive absorta ante el agua. Se mira y se reafirma ante el espejo flotante, ante la lámina acuosa en la que, al tiempo, te reconoces y eres otro. Verse y transfigurarse de la misma manera que la diosa Sol, Amateratsu, se ensimismó ante el objeto más sagrado de Japón –un espejo que se conserva en el templo de Isé y en el que solo se mira, en el día de su entronización, el emperador–.

De las treinta y seis vistas del Monte Fuji realizadas por Hokusai, la más celebrada es la de ‘La gran ola de Kanagawa’, donde el símbolo nacional japonés del volcán aparece centrado pero lejano, y en la que el elemento dominante es el agua en forma de mar y ola gigante. En la cultura del archipiélago nipón, el agua ejerce un papel preponderante y sus manifestaciones llegan al punto de convertirse en ritos diarios.

Viaje al sento

Hoy en día son los estudiantes y las personas con pisos pequeños los que acuden mayoritariamente a estos baños públicos, una costumbre de lo más común hasta la posguerra. El baño público era el punto de reunión comunitario, el espacio para el comentario vecinal y el cotilleo. Les sigue encantando a las personas mayores para recrear la atmósfera de vida social de barrio. Separados por sexos y con piscinas a distintas temperaturas, el arte de limpiarse y cuidarse en los baños públicos sigue manteniendo unos niveles de pulcritud y exquisitez dignos de una vida de lujo.

Hay dos accesorios que resultan primordiales en este baño, en el que, obviamente, te presentas desnudo de cuerpo entero y en público. Uno es la banqueta, antiguamente de madera y hoy, por lo general, de plástico, para sentarte frente a una ducha de mano, enjabonarte y aclararte para poder pasar a las piscinas de relajo. El otro es una pequeña tela, a modo de escueta toalla, que hay que aprender a manejar para tapar con estilo y decoro las partes pudendas. El sexo nunca debe quedar expuesto.

La situación es idéntica en los onsen, que vienen a cumplir la misma función, pero en plan balneario. En general, son más lujosos, están en zonas vacacionales, en áreas donde abundan las aguas volcánicas calientes y que ofrecen un disfrute singular.

Las viví en Hakone, a donde se accede vía telesilla, y también en la isla norteña de Hokaido, donde los camareros del hotel se asombraban cada día de que no quisiera claudicar del menú de desayuno a la japonesa, con arroz y pescado, frente al occidental de café con bollos. Cada mañana me lo preguntaban con la misma mueca de escepticismo. Lugares de relajo, descanso y recuperación, balnearios a la japonesa, suelen aparecer en las películas del ahora centenario Yasuhiro Ozu, como en su celebrada ‘Cuentos de Tokyo’.

La higiene, la limpieza y la pulcritud son una seña de identidad de la cultura japonesa. Los baños están impolutos. En los hoteles tradicionales –o riokan–, lo preceptivo es dejar tu calzado a la entrada del establecimiento y despojarte de tu propia ropa en cuanto llegas a tu habitación de tatami. La sustituyes por un yucata de algodón, que será tu única vestimenta (más la ropa interior, claro), para disfrutar de los espacios del establecimiento y para acercarte a los baños.

Siempre vives bajo el estigma del gaijin(extranjero) entre la homogénea población japonesa. Pero en el lugar donde puedes pasar más obligatoriamente desapercibido es en unos baños públicos, donde nadie mira descaradamente o, al menos, trata de no marcar a nadie con su mirada. Como si ante y bajo el agua todos fueran iguales, respetando escrupulosamente la intimidad ante unos cuerpos desplegados a la vista de todos.

Resulta hasta chocante esta capacidad de afrontar con tanta naturalidad la desnudez en los baños públicos y, en cambio, mantener una rígida censura sobre la representación corporal del desnudo. Habitualmente, las revistas eróticas o pornográficas circulaban con normalidad, pero con el pelo del pubis de la mujer siempre oscurecido, tapado o censurado de algún modo.

Incluso en el campo del arte, el desnudo ha sido censurado, con esta singular disfunción de admitirlo lo real y tapar lo representado. En una cultura de sexualidad abierta y de relaciones sexuales tempranas, esta autocensura choca aún más. ¿Sera para acentuar el último límite? Hasta en el mito primigenio de la diosa Sol Amateratsu, la fórmula empleada para hacerla reaparecer e iluminar las islas del imperio del sol naciente fue, precisamente, la de montar una orgía. El sexo no es tabú; su representación, en cambio, está limitada.

Mis días perfectos de Tokio, al contrario que los de Hirayama, se movían a ritmo de metro, no de furgoneta. Pero, al igual que él, usaba para escuchar música los casetes en mi walkmanaños 80. Sonaba la voz de Crissies Hynde y The Pretenders, con su ‘Don’t Get Me Wrong’, o una melancólica balada de Simply Red. También el ‘Sledge Hammer’ de Peter Gabriel y su ‘Red Rain’ (lluvia roja).

Salía tarde de las oficinas del diario Asahi Shimbun después de trasmitir mi crónica, vía télex, para La Vanguardia de Barcelona en mis días de corresponsal en Asia. El gran edificio del periódico más respetado de Japón estaba situado muy cerca del espléndido mercado del pescado de Tsukiji –a donde llegaban, incluso, las mejores piezas de atún de los barcos japoneses anclados en el estrecho de Gibraltar–, muy cerca también del templo dedicado al dios del agua en la religión nacional sintoísta Suijin, que protege a los pescadores.

Tenía que tomar el último tren a Sangenjaya antes del cierre del metro. Me apresuraba para llegar a la estación más próxima al diario, la de Ginza, compitiendo con los sararimen(ejecutivos de empresa), con sus andares cansinos que parecían imitar a los de un borrachín de película, tambaleándose de lado a lado hasta encontrar un asiento en el vagón. Entonces, colocaba en el walkman un casete y me preparaba para el ultimo sueño.

Por fin, mi estación final, la de las Tres Casas de Té (Sangenjaya), que para nosotros era la de las tres casas cinematográficas. Mi amigo Masaru había apostado por este barrio tradicional para mi residencia, y lo argumentaba porque tenía a un paso tres salas de cine: una con películas japonesas, otra con producciones norteamericanas y la tercera con cine porno.

Un mar de bicicletas estaba apostado a la salida del metro para acortar el siguiente tramo hasta la casa. Yo vivía cerca y no la necesitaba. El ejecutivo al que le esperase su esposa, entrompado por la velada obligada con sus compañeros de trabajo, tendría la suerte de que le desnudarían para meterlo en el agua hirviendo del ofuro. Una purificación del alcohol ingerido para poder, así, madrugar a la mañana siguiente para el tren de las siete. Y vuelta a empezar.

Frente a las 24 horas operativas del metro neoyorquino, el de Tokio cierra a medianoche, lo que obliga a las carreras de última hora y a autolimitarse del disfrute de la nocturnidad porque un viaje en taxi te puede costar el salario de la semana. Al llegar a casa, desplegaba mi set de sumie, regalo de mis amigos Masaru y Mari Kobayashi por haberme prestado para hacer un anuncio de extranjero en Japón. Papel de arroz, pincel, tinta sólida y el tintero.

Era mi momento de aprendizaje de los kanji y de trascender la mente con los movimientos certeros del pincel sobre la tinta para dejar plasmado un signo que revelaba un nombre, una acción, un mundo. Lo tradicional es usar tinta sólida que se restriega en el tintero, al que se añaden unas gotas de agua. Como un acto de magia, esta agua ennegrecida se hace sólida en el papel y revela, mediante la acción, un significado. Otro signo de magia de la diosa Amateratsu, que espera al despertar del nuevo día en Tokio.


 

Les Rotes

 


7.7.26

San Fermin 26. Hemingway siempre vuelve

 HEMINGWAY Y EL CAMINO DE LA GLORIA.- Primera semana de julio. Alerta mundial. Llegan los Sanfermines. Esté donde esté- quizá a 7.118,60 kilómetros en Iowa -su pregonero mundial, papá Hemingway, siempre vuelve. El rito de la carrera entre el amor y la muerte ni se puede obviar, ni olvidar, ni cambiar. No hay quien se resista a madrugar un 7 de julio y enfrentarse a la carrera de la vida. Ni San Fermín, ni su patrón laico nos dejan abandonados. 


El drama es afilado y escueto. Como el verbo del Nobel. Cuando se reúnen todos los ingredientes de un buen guion: lucha de contrarios, acción progresiva y torrente de emociones, la atracción del espectador se alcanzará de forma infalible. Pongamos a los protagonistas entre la vida y la muerte, con un tiempo tasado y un escenario de road movie, con principio y fin. Y si la historia está condensada en una secuencia imparable de apenas tres minutos, se garantiza que será vista, una y otra vez, día tras día, año tras año, porque crea adicción.

Así ha sido, es y será la retransmisión de los encierros de San Fermín que reúne ante el televisor a una legión de devotos tan apiñada como la de los mozos en el callejón. En la liga del zapping mundial, la secuencia reina, pasada en cada una de las televisiones del globo y en cada ventana de YouTube, es la que protagonizan los morlacos y los hombres de blanco y rojo por Estafeta bajo el ojo atento de las cámaras, que pocas veces tienen a tiro fijo un espectáculo tan breve como intenso.

Solo un acontecimiento peninsular tiene hueco seguro en las agendas televisivas del planeta, marcando a todo un país con las etiquetas de “fiesta”, “toro”, “locura” … Improvisadores de ilusiones, que decía Ciaran de los españoles, dispuestos a jugársela en unos minutos, para entrar en la lista de los que presumen de haber corrido la milla más peligrosa con prueba documental trasmitida a cada cofín. Y en el callejón los que protagonizan el selfie más desafiante del planeta.

La mejor emisión se ofrece despojada de todo aditamento y de cualquier narración. La historia por sí misma. Está pasando, lo están viendo…y sintiendo. Después llegará el comentario, el zoom, la doble pantalla, la cámara lenta, la ampliación digital…. para ir desgranando cada detalle, estirando los tres minutos del drama a toda una hora para descubrir momentos de riesgos ocultos por la prisa. Los milagros sanfermineros detallados por la cámara. Servir el drama en directo marca el apogeo de la televisión. Siempre un récord de audiencia en España, amplificado a todo el mundo, que contempla estupefacto como la bravura de hombres y morlacos se pone a prueba sobre empedradas y estrechas calles de un circuito urbano.

Por unos días el baile ante las astas del bicho deja de ser una cuestión privativa del torero especialista. En el encierro somos todos -es un cualquiera- el que juega su partida con la vida y la muerte sin razón alguna, excepto la de querer probar fortuna con el calendario fijado para nuestras vidas por los dioses. En solo tres minutos pasará por delante de nuestros ojos la metáfora de la lucha por la vida. Los codazos por encontrar hueco, el enemigo implacable, el objetivo a conseguir con la vista hacia delante, la ilusión y el miedo a partes iguales. Todo contemplado por un ojo omnipotente, el de las cámaras.

Como cada mañana, la carrera va. Para el corredor en espera la tensión creciente se amortigua a base de saltitos con el periódico en la mano zumbando al aire. Es tal la adrenalina que no se puede esperar más a que rompa el cohete y anuncie la salida. El estómago se ha subido casi a la boca, y la mente duda en si obligarte a salir despavorido hacia delante o auparte a las tablas y acabar con tanta zozobra. Así al menos lo he sentido yo en mis carreras de Sanfermines, en las que el deseo por la acción siempre pudo al miedo. Y sabes que es una locura. Pero la experiencia de vivir y vivirlo puede más. El toro está a punto de llegar.

Visto por televisión, tú-el espectador corres con todos. Te agobia más que a los del callejón la cantidad de mozos que tapan la calle. Y solo esperas que esto acabe y llegue el parte final de esta guerra con un esperanzador “solo contusionados sin gravedad, que se recuperan satisfactoriamente”. Pero hoy esta verdad edulcorada va a cambiar sus tornas. Hoy la carrera ha sido áspera y confusa. El toro ha encontrado sangre en la vereda. Ese chico que ha caído no se mueve. Se hará el muerto para que pase el tropel como mandan los cánones profesionales.

Los mozos ya están en la plaza, la televisión muestra un ruedo de improvisados toreros sin luces y a los toros dando los últimos cabezazos antes de entrar en toriles. Y ahí aparece de nuevo un signo de tragedia, con un asta alargada y picuda teñida en rojo sangre. Hay alguien empitonado. Y tú, que te tientas la ropa o te restriegas los ojos y te ves libre de heridas, empiezas de todos modos a sentir el dolor. Porque nos lo dijo papá Hemingway, “no preguntes por quién lloran las campanas, lloran por ti”, que eres parte de esa humanidad que corre por la vida, y no eres una isla en ti mismo, sino parte de la carrera en las que estamos todos. 

Ni local, ni nacional, la fiesta es patrimonio del mundo entero. Y de cada uno que la vive en directo. Ahora es la televisión, y más aún, internet, quienes propagan el escalofrío de la carrera de Sanfermines a los cuatro confines. En la era Gutenberg, su apóstol mayor fue Ernesto Hemingway. Peculiar carrera la de don Ernesto. Héroe periodístico para los republicanos en la Guerra Civil, volvió para ser coronado como adalid del toreo. Hoy quizá fuese declarado persona non grata por los animalistas. Pero en definitiva ha quedado como embajador perenne de un espectáculo sin igual, en el que la vida y la muerte corren en paralelo, cortejadas por mozos anónimos con la misma camiseta e idéntico pañuelo.

Amigos peligrosos

Se esfuerzan ahora las cámaras en buscar el primer plano cuando el morlaco roza el muslo. Pero el mérito está en el conjunto, en la carrera de todos, mozos y toros revueltos, amigos o enemigos peligrosos de tres minutos de vuelo. Quien haya estado dando botes de miedo en Estafeta hasta que empieza la carrera, entenderá que se culpe al amigo que te llevó a tal extremo del mejor y el peor momento de tu vida. Se va de la angustia al éxtasis-de-haberlo-hecho en menos de tres minutos. Un borbotón de adrenalina. Eso no sale por la televisión. Los culpables de haber bebido del cáliz de la mayor adrenalina fueron en mi caso Josechu Sanz y Fernando Erviti, que me condujeron al callejón de la tortura para salir ileso y feliz. Y el gran incitador Manu Leguineche, que alentó el bautizo sanferminero y fue generoso para compartir la aventura que él adoraba por las calles de Pamplona. Amistad y riesgo.  Como le pasó a Hemingway y testifican sus 'amigos peligrosos'. Recuerdo ese título de las memorias de su compañero más cercano de correrías en España, el guionista americano Peter Viertel ('La reina de África'), que acabó sus días en Marbella, junto a Deborah Kerr. “Me di cuenta, con cierta alarma, que a medida que madurábamos había un rasgo destructor en su carácter”.

Quizá Ernest debió seguir metido en esta carrera anual, llena de todo sentido y de ninguno, para estar apegado a la vida. Para vivificarse en el rito y fortalecerse en el esfuerzo. Eso es lo que nos da la carrera; y solo lo verá uno desde dentro si tiene la suerte de tener unos 'amigos peligrosos' que te cuenten el secreto. Aunque visto desde el hoy parece una locura, me enorgullece contarlo porque la suerte de superar el riesgo es como un empujón para seguir viviendo y tentando otras suertes. Hemingway no se dejó atrapar por el toro en Estafeta. Decidido por él mismo, que eran mucho su ego y su estatura. El fijo su propia cita con la muerte, desde de la gloria y los desengaños. San Fermín fue quien le abrió reamente la puerta grande la gloria con su primera novela ‘Fiesta/The sun also rises’. Cerró el ciclo literario entre la melancolía y el amor de senectud por otras calles estrechas y empedradas como las de Venecia. Allí escribió su testamento literario. Otro paseo entre el amor y la muerte. ‘Across the river, into the trees’.  Como ‘Papá Hem’ no puede faltar a la cita de la primera semana de julio, ya se anuncia que vuelve. Ahora, en forma de película. De nuevo: lucha de contrarios, acción progresiva y torrente de emociones. El guion está servido. - J MARTIN-DOMÍNGUEZ

18.2.25

OSCAR MARINE, EL DISEÑO TOTAL.


    


 OSCAR MARINÉ es al diseño lo que María Callas a la ópera: la totalidad. Hoy desplegó sus juguetes en el Ateneo. Desde aquellos anuncios para vender camisetas pegados a mano, hasta fotolitos históricos, maquetas de revistas de MadridMeMata, carteles, cajas de zapatos, relojes y vodka… donde no ha puesto su firma Mariné? El diseñador total porque no es diseñador. O sí. Diseñador, grafista, tipógrafo, pintor…Un artista con mayúsculas! Design is everything. 


    







Ha sabido estar al servicio del cliente y crear su propia huella. De MadridmeMata a Matadero, todo es Mariné. Hasta el Todo sobre mi madre almodovariano. Este hijo de cineasta aprendió del padre a educar su ojo. Y ha sabido con su técnica y sus sueños poner cartelas hasta en  el cielo. Podía ser un chico de Nueva York, que también le mata. Pero Oscar es puro Madrid. Es decir, universal.

Javier Martin-Dominguez

16.2.25

50 AÑOS DE SATURDAY NIGHT LIVE



 50 AÑOS DE SATURDAY NIGHT LIVE:

 “YO SOY CHAVE CHASE, Y TU NO”




Parece poco comprensible que sea sábado noche en Nueva York y te quedes en casa. Pero ¿cómo ibas a perderte el capítulo semanal de Saturday Night Live? Solo después de unas buenas carcajadas gracias al único programa un poco inteligente de la televisión estadounidenses podías lanzarte a la incomparable noche neoyorquina. Se convirtió en habito, en necesidad; no de meses, ni de años. ¡Ha durado décadas! Y promete durar aún más.

Saturday Night Live ha cumplido los cincuenta. Mantener en antena un programa televisivo durante medio siglo es una proeza tal como culminar la escalada al Everest. Un imposible, que solo un grupo de increíbles cómicos, sagaces guionistas y un productor visionario y tenaz han podido conseguir.

SNL es una suma de sketches humorísticos, pero también había un hueco para las noticias desternillantes. Weekend update.  El presentador anunciaba una última hora. “This just in: Generalísimo Francisco Franco is still dead” “Franco todavía sigue muerto” Unos nacían y otro morían. El nacimiento de SNL fue precisamente en 1975, el año de la larga agonía y muerte del dictador. Por eso, el sketch dedicado a las noticias incluido en el formato de comedia recuperaba una semana si y otra también la incrédula noticia de que Franco seguía muriendo o seguía muerto. Era Chevy Chase el encargado de contarlo (“Yo soy Chevy Chase, y usted no”, era su carta de presentación)  bajo la mirada escéptica de sus compañera de mesa  Jane Curtin, o la cara alucinada de Gilda Radner, cuyo personaje de  Roseanne Roseannadana hacia del equívoco verbal el chiste de un editorial que  por ejemplo confundía a los sordos (deaf) con los muertos (death) “Para que vamos a seguir dedicando dinero a comprar aparatos para los muertos”   Cuando el presentador principal le hacía ver su error,  su respuesta era siempre aquel hilarante “Never mind” ( un déjalo estar). 



Y unas semanas después el noticiario de Chevy Chase insistía. “Generalísimo Francisco Franco esta críticamente muerto ya por once semanas, y los médicos rehúsan especular cuanto puede durar en su presente situación”.  Hubo chistes para Carter, para Reagan, Gorbachov, Dukakis… y sigue la lista de gloriosos damnificados.


SNL hizo muy muy grande a la pequeña pantalla. Bien lo saben sus desconocidos comediantes convertidos gracias al show en grandes estrellas de cine. De ahí salieron los Steve Martin, Bill Murray, John Belushi y Dan Aykroyd (alias The Blues Brothers), los citados Chevy Chase, Gilda Radner y Jane Curtin. Y les seguirían Eddy Murphy, el otro Belushi, Jim, Billy Cristal, Joe Piscopo, Joan Cusack, Martin Short, Robert Downey Jr. y muchos más por hablar aquí solo de las dos primeras dos décadas.

Hubo momentos memorables como los de la avispa. Aparecía Belushi y el resto con unas antenitas y embutidos con un traje a rayas negras y amarillas con pantis negros que ya les convertían en un hazmerreir. Tanto que Belushi llegó a odiar este número y se negaría a seguir interpretándolo. El alocado e imposible John Belushi, con su vida acelerada, sus baños turcos en el East Village, el del humor bestia y sarcástico, corrió tan deprisa en la escalera la fama, que acabó consigo mismo de una sobre dosis. Tal fue la dimensión del personaje en los acelerados ochentas que el reportero del Watergate, Bob Woodward, llegó a dedicarle todo un libro, Wired (Enganchado).

Otra caracterización de traca fue la de los coneheads (cabezas de cono), imitando a extraterrestres de serie a lo StarTrek. Hubo hasta un personaje icónico, Mr. Bill, una galleta de plastilina que sufría todo tipo de atropellos y vejaciones, rota en pedazos s para acabar el sketch con la frasecita de “Oh no, Mr. Bill” Pequeños detalles que daban un tono peculiar al F formato.

Tras una apertura con una situación actuada por el grupo, un invitado especial (quien no paso por SNL es que no estaba en el star system americano) o alguno de los comediantes pronunciaba la voz de alerta. “Live from New York, en vivo desde Nueva York, esto es Saturday Night Live”. También se incluía siempre una actuación musical relevante. Todos los importantes del mundo de la música querían pasar por allí, un gran honor y una inmejorable promoción.

 Quien encendió la bombilla del formato fue Lorne Michaels. Mezclar humor, un toque subversivo, música en vivo, unas notas de actualidad en los segmentos de comedia y también en el falso informativo, más un actor/invitado especial que actuaba con el grupo de comediantes estable y…. todo ello con una sola una semana para preparar otro programa tan complejo. Contra pronóstico, en la noche tonta del sábado, cuando la gente ha salido a cenar y divertirse, SNL se hizo un hueco en el competitivo mundo de la televisión comercial americana. El show perdura medio siglo después, y aquellos chicos de Chicago, Nueva York o Los Ángeles que querían hacerte reír desde la tele se hicieron estrellas de Hollywood que hoy conocemos en el mundo entero. ¿Verdad Bill Murray? 

JMD

                  

Días de Tokio. Memorias de cuarenta años…

Distintos y distantes como parecen los japoneses, era recurrente, tras vivir allí un tiempo, que me preguntasen: “¿Y pudiste hacer amigos?”....